Algunas versiones refieren que Miguel de Cervantes Cortinas –nombre que utilizó en sus años mozos– dejó tempranamente su país huyendo de una orden de arresto. La razón: haber herido a otro ciudadano durante un duelo. Después de diversas correrías y varias lecturas por Italia, terminó enrolado como soldado en el famoso combate de Lepanto.
Cosas del destino, en la fecha en que el imperio español lograba su más grande victoria, el más universal autor de las letras hispanas sufriría una herida que le inutilizaría de por vida un brazo. En compensación, recibió unos cuantos ducados y el apodo de “Manco de Lepanto”.
El regreso a su patria no fue sencillo. Estuvo algunos años cautivo en Argel a merced de piratas musulmanes. Ya de vuelta en su país, publicó La Galatea (1585). Cervantes tenía entonces 38 años y recién lanzaba su primer libro en solitario. Antes sólo había aparecido en recopilaciones, sin mucha pompa. Pasarían aún dos décadas para que diera a la imprenta su famosa novela. Antes, se hizo recaudador de impuestos y tentó la posibilidad de emigrar a América. Por esos años fue a parar a la cárcel, lugar donde se asegura ideó la obra que le brindaría la inmortalidad. En 1605, apareció El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La literatura ya no sería la misma.